Así es la rosa, el arte de escribir

En hablando de gustos, sentenció Kant, se acabó la discusión. Pero es bueno que el artista (la comunicación es un arte) se relacione con sus semejantes a través de mordeduras, en la oreja o en el alma. Nada hay más ocioso (es decir: placentero: lo contrario de neg-ocio/no-ocionegocio) que discutir sobre qué manera de comunicarse es la mejor, y competir por ello. 

 

 La historia de la crítica de todo tipo ronda de continuo por esos vericuetos: si el relato de tal o cual autor con tal o cual historia acertó con el estilo, o no acertó. Si no acertó, tachado. No hay escritor (ni pintor) superviviente si escribió mal (o pintó mal), por muy buen argumento que tuviera en mano. Lo impresionante de Bartleby, el escribiente no es la historia tal cual, por muy impresionante que nos termine pareciendo (hay tipos como Bartleby en muchas otras obras), sino cómo el atareado y frenético Herman Melville nos lleva página a página a un desenlace que encoge los corazones 

 

Dícese de don Pío Baroja que escribía los adjetivos como suelta un burro sus pedos. La frasecita es de un hombre de frase desnuda y breve. José Pla. Sujeto, verbo y predicado, y vuelta a empezar. O como en Alicia en el país de la maravilla, esa idea genial de que los relatos hay que empezarlos por el principio y, cuando ya se ha contado todo llanamente, poner raudo el punto final. Como en el poema famoso, la rosa no necesita adornos. Así es la rosa. 

 

Lo mismo con el hombre. Si has de contratar –si buscas- a un buen escribiente, vete al grano. El hombre, nada más. Su estilo, nada menos. Los adornos (el Power Point) son ruido que desvían de lo principal. Vaya tontería eso de que una imagen vale más que mil palabras. Contra una buena palabra, contra un buen verso, contra un buen relato (o discurso) no hay arma posible. Mi alma por una metáfora.   

Vamos, escritor, escritora: Encuentra en LoQueNoexiste a tus editores, a tu compañía perfecta para ese gran viaje que es escribir un libro y comunicarlo al mercado. 

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