P E N S A R

Yo recuerdo, de niña, que cuando con motivo de alguna celebración había que comprarme los imprescindibles zapatitos de charol, mi madre me llevaba a una tienda donde me hacía probar todos los que había, y quizás alguno más. Al cabo de una experimentación que duraba por lo menos una hora, le decía al exhausto vendedor: « lo pensaré », lo cual significaba que no había encontrado lo que buscaba, y que, por tanto, no le compraría nada. Pensar lo identificaba mi madre con lo indeciso, lo confuso, y, en definitiva, con lo negativo, mientras que comprar era un acto concreto, positivo. Pensar era una mera figura estilística que permitía evitar lo grosero de un «no» rotundo. Con esa instrumentalización y desvalorización del verbo «pensar», mi madre anunciaba lo que hoy estamos viviendo.

 

Seguramente habréis notado que ese verbo se usa cada vez menos, y casi siempre en un contexto utilitario: «lo estoy pensando» se refiere a la compra de un coche, de un piso, o a la decisión de anunciarle a la pareja que todo se ha acabado. “Pienso”, y por lo tanto soy, decía Descartes en tiempos menos alocados, pero nosotros nos hemos quedado con el ultimo verbo, “soy”, sin saber lo que somos ni lo que queremos ser. Y la verdad, a quién se le ocurriría pensar, sumergidos como estamos en un tsunami de tweets, de mails, amén de algunas insulsas series televisivas. Pero ¿qué es pensar? Yo no soy filosofa, y no pretendo aportar una respuesta a una pregunta sobre la que han glosado tantos y tantos filósofos durante siglos. Desde mi ignorancia, diré sin embargo, que pensar es retirarse en casa, a la morada interior. Una casa maravillosa, única, donde se puede vivir no solo en la urgencia del presente, sino también en el pasado y el futuro, pasando con fluidez del uno al otro. Una casa donde no estamos solos, si sabemos convocar a los presentes, a los ausentes, y a todos aquellos cuya presencia deseamos con ansia. Una casa con amplias ventanas y puertas, en la cual podemos hacer entrar, gracias a la lectura, a los ingenios más brillantes ingenios que ha conocido la humanidad, y gracias al diálogo, a las personas de nuestro entorno por las que sentimos admiración y afecto. Con ellas podemos así hablar, por fin, de otra cosa que del precio de la gasolina o del atasco en la Plaza de Castilla. Pero la verdad es que, entre unos y otros, pretenden dejarnos en la calle, la calle atestada y ruidosa de las redes sociales, sin otra casa que aquella a la que se regresamos agotados, después de una interminable jornada laboral.

En una época en la que tanto se habla de ecología, se menciona muy poco la ecología mental, es decir, la necesaria casa de campo que nos permite estar alejados de la contaminación verbal y de todos los residuos auditivos, visuales, mentales, que, cada vez más tóxicos, roen lo que nos queda de libertad. Descartes formuló la hipótesis de un genio maligno que se empeñaría en crear cosas falsas tan bien imitadas que pareciesen verídicas. En nuestra época de fake news, ese genio maligno está más activo que nunca y ha multiplicado sus funciones. Incansable, quiere ante todo que no tengamos nunca tiempo para pensar. Convirtiéndose en promotor voraz, pretende que, donde hay una casa, se construya una torre, donde hay imaginación, nostalgia, recuerdos, sueños, proyectos personales se vean solo cifras. Me dirán que soy demasiado pesimista, pero desgraciadamente describo lo que veo: una carrera vertiginosa… ¿hacia dónde? Y es por eso por lo que recuperar la enseñanza de la filosofía me parece más necesaria que nunca. En términos generales, y con la excepción de algunos contemplativos, la filosofía nunca impidió a nadie actuar; lo que pretende es que actuemos como seres responsables, como ciudadanos conscientes de nuestras responsabilidades hacia los otros y hacia nosotros mismos. Como una preparación psicológica intensa antes de jugar el gran partido que es la vida, la filosofía es indispensable para los jóvenes en el momento en el que se forma su personalidad. Por eso apruebo entusiasmada la reintroducción de la filosofía en la enseñanza secundaria. Bien enfocada, solo ella les permitirá ejercer su espíritu crítico, preparándoles para no dejarse engañar fácilmente por los estafadores de toda índole. El progreso técnico nos ha dotado de medios electrónicos simplemente fabulosos, con los que no se podía ni soñar hace solo treinta años. No creo que, para definir un buen uso de ellos, sea necesario tener “un suplemento de alma”. Bastaría a cada cual recordar que lleva en sí mismo la más extraordinaria de las funciones, algo que, por lo menos durante algún tiempo ningún ordenador conseguirá reproducir: pensar.

 

Eva Levy, escritora www.evalevyandpartners.com

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